LAS MISERIAS DEL CONSTITUCIONALISMO

LAS MISERIAS DEL CONSTITUCIONALISMO

Ernesto Concha, La miseria (1908)

Con indigentes argumentos constitucionales no se contrarresta una Revolución


El constitucionalismo no es una disciplina desinteresada. La Revolución Francesa, con que nace, no le encomienda restaurar las libertades tradicionales deterioradas por la monarquía absoluta inmediatamente anterior, sino que -más radicalmente aún- servir de vehículo para suprimir de raíz todo el orden greco cristiano que sostuvo por siglos a Europa occidental. Siguiendo la famosa sentencia lanzada por Donoso Cortés en 1851, de que “en toda gran cuestión política va envuelta siempre una gran cuestión teológica”1 , Richard Pipes no hace tanto concluyó que “las luchas revolucionarias posteriores a 1789 no tienen que ver con la política, sino con la teología”2.


He aquí, exactamente, la médula de la cuestión en que nos hallamos inmersos: en las réplicas de un proceso revolucionario que sus artífices estiman inacabado. Han acometido una empresa de larga duración y amplísima extensión, que no la detiene una elección ni se acaba hasta desmantelar cualquier institución que aparezca inspirada en dicha cosmovisión. Alexis de Tocqueville lo describió así: “Puesto que la Revolución Francesa no ha tenido únicamente por objeto cambiar un gobierno antiguo, sino abolir la forma antigua de la sociedad, tuvo que combatir a la vez a todos los poderes establecidos, destruir todas las influencias reconocidas, borrar las tradiciones, renovar las costumbres y los usos, y vaciar en cierto modo el espíritu humano de todas las ideas en las que hasta entonces se habían basado el respeto y la obediencia. De ahí -concluye- su carácter tan singularmente anárquico”3.

Y fue esto lo que condujo directamente a los totalitarismos del siglo XX, tal como lo había anticipado el propio Alexis de Tocqueville, en La democracia en América de 1840, en razón del nuevo poder transformador de la ley en democracia: “el nuevo tipo de opresión que amenaza a los pueblos democráticos no se parecerá en nada al que la precedió en el mundo; nuestros contemporáneos no recordarán algo ya sucedido y semejante. Yo mismo busco en
vano una expresión que reproduzca y encierre exactamente la idea que me formo; las antiguas palabras de despotismo y tiranía no son adecuadas. La cosa es nueva; es preciso entonces tratar de definirla, ya que no puedo nombrarla”4.

Sin atender el anatema aquél de Marx, de que “la religión es el opio del pueblo”, los redactores de la Constitución chilena de 1980 fueron plenamente conscientes de que ésta no podía sino basarse -por lo alto- en “la concepción cristiana sobre el hombre y de la sociedad”. De ello dan cuenta dos documentos con profundo contenido metafísico y filosófico, como son las Metas y objetivos fundamentales para la nueva Constitución Política de la República
(26.11.1973) y la Declaración de principios del Gobierno de Chile (11.3.1974)5. O sea, igual como había hecho la Ley Fundamental de 1949, de la entonces República Federal Alemana, es la adopción de una tal concepción trascendente y superior lo que hace genuinamente suprema una constitución, e impide -por ende- negociar o disponer de unos derechos esenciales que emanan de la propia naturaleza humana.


Sobre este nervio se asienta el vigor jurídico de la Constitución, encaminada directamente a impedir la entronización de cualquier totalitarismo a través de una “revolución legal”, según advertía el jurista y magistrado de la Corte Constitucional alemana Ernst Böckenförde6. Y fue justamente éste el medio ideado para conjurar el peligro de que un
totalitarismo comunista fuera implantado en nuestro país por la fuerza de “resquicios legales”, conforme protestara la Cámara de Diputados en su histórico acuerdo del 22 de agosto de 1973.


Es explicable, sin embargo, que el operador político de hoy ignore todo lo anterior. No se tergiversa en demasía la realidad diciendo que para él no existe nada fuera de lo utilitario o del materialismo pragmático, sumido en una cotidianeidad sin horizontes que vayan más allá de la próxima elección o de alguna inminente disputa por cuotas de poder. Acaso la proliferación de elecciones, muy cercanas entre sí, hayan terminado por absorber
todas sus preocupaciones.


El problema mayor es que esta ignorancia campea en la academia. Que se niega a ver la crisis actual en toda su profundidad, no porque sus profesores sean de miras muy superficiales, sino que por ser autoimpuesta: mal creyentes de que el derecho a manifestar todas las creencias y la libertad de conciencia deben reducir su ejercicio al estrecho círculo de la iglesia o del hogar, han renunciado a influir con ellas la vida en comunidad. Les pesan autores tipo Jürgen Habermas y Carlos Nino, cuya “democracia deliberativa” descarta que en la discusión política puedan invocarse “dogmatismos religiosos”. Y así arrinconados se han quedado royendo literalidades de la constitución, al modo kelseniano, en circunstancias que es en la cosmovisión, la filosofía y la política (en las fuentes reales o materiales de la constitución chilena) donde se determina lo que es verdadero, justo y bueno.


Absortos en los textos y en los procedimientos formales para cambiarlos, han permanecido mudos, sin discurso sustancial que permita contestar por qué una nueva constitución no podría hacer lo que quiera, partiendo de cero, si esa es la voluntad general (en realidad, si así lo quiere una mayoría reunida por aglomeración de minorías). Conocen pero no entienden, que no se trata de una discusión sobre la bondad técnica de unos textos alternativos en juego, sino que de un movimiento revolucionario que persigue coronarse – “por las buenas o por las malas”- con un cambio constitucional de envergadura radical.

¿Se entiende ahora por qué concurrieron dóciles a desahuciar la Carta de 1980?

 

 1 JJuan Donoso Cortés, Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851) versión (1978) Editorial Nacional (Madrid) 87. Dos características tuvo el autor de esta palabras, según Carl Schmitt, que le hicieron famoso en toda Europa: “diagnosticar con precisión el estado de las cosas en un determinado momento y pronosticar luego su posible evolución y término”: Federico Suárez, Donoso Cortés y su diagnóstico sobre Europa, El Mercurio (Santiago) 22.11.1987 cuerpo E, 8-9.

2 Richard Pipes, La revolución rusa (1992) Penguin Random House Grupo Editorial (Barcelona) Introducción XXIV: 

3 Alexis de Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución (1856) Alianza Editorial (Madrid) 1ª. ed. Primera reimpresión (2012) 40-41.

4 EAlexis de Tocqueville, La democracia en América 2 (1840) 1ª edición (1980) tercera reimpresión (1993) Alianza Editorial (Madrid) 266. Para un desarrollo de esta idea, Jacob L. Talmon, Los orígenes de la democracia totalitaria (1951) traducción de Manuel Cardenal Iracheta (1956) Aguilar (México) 206 pp.

Sobre la misma anticipación en Mill, pero conducente igualmente a un totalitarismo (el gobierno de los “genios” o intelectuales operando a través de la “educación nacional” y en nombre de un “Estado solidario”): Cristina B. Negro Konrad, John Stuart Mill, entre la Democracia y el Totalitarismo, en Ius Publicum (Universidad Santo Tomás) N° 2 (1999) 49-65.

5 Anuario de Derecho Administrativo (Universidad de Chile-Facultad de Derecho) I (1975/1976) 505-527. Acerca de quiénes habrían sido autores materiales del último documento mencionado, v. aclaración de don Álvaro Puga Carpa en El Mercurio (Santiago) 12.4.2006 cuerpo A pág. 2.

6 Ernst Wolfgang Böckenförde, Estudios sobre el Estado de Derecho y la Democracia (2000) Editorial Trotta (Madrid) pp. 80-81.

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