LA IMPRONTA REVOLUCIONARIA DEL PARTIDO DEMOCRATA CRISTIANO

LA IMPRONTA REVOLUCIONARIA DEL PARTIDO DEMOCRATA CRISTIANO

Si se conoce realmente quién es quién cuando ejerce poder, este es el caso de la Democracia Cristiana chilena

No sorprende ver a la DC entregando su apoyo incondicional a Boric, a menos que uno siga anclado a la idea errada de ser un partido de “centro”. Su trayectoria en la política chilena permite inferir que solo en modo elección -de cara a futuros comicios- ha pagado el precio de adoptar una actitud ambigua y acomodaticia, a cambio de ser percibido como un partido mesurado e igualmente distante de los “extremos”, que representarían la izquierda y la derecha. 

Lógicamente, la posición de los “moderados” está definida por los extremos, y no por sí misma. Por una simple razón geométrica: el “centro” está allí donde los extremos quieren que esté1. Pero para una operación de propaganda destinada a construir una imagen estereotipada, lo que se pierde en coherencia se gana en adhesión, pues ser “centrado” -sinónimo de equilibrado- en algún momento le permitió a la DC capturar el voto mayoritario del ciudadano medio, ajeno a los sectarismos y a los conflictos ideológicos. 

Pero -en el ejercicio del poder- no ha abjurado nunca de su idiosincrasia revolucionaria. La conducta autoritaria de la DC durante la década de los ʻ60, su época de mayor gravitación como partido dominante, consistió en ejecutar una “revolución”  contra viento y marea. El poder detrás del trono, los jesuitas del Centro Bellarmino, comprometidos en una maniobra político-sociológica de vasto alcance2, acuñaron en 1962 el concepto de “revolución en libertad”: un eufemismo o acto de habla, con alcance performativo, encaminado precisamente a suavizar o hacer más digeribles las alteraciones radicales que habría de implementar el gobierno DC entre 1964-19703.

Baste recordar la “inquebrantable decisión de romper radicalmente con el orden actual -decía por aquella época la revista jesuita Mensaje-, de acabar con el pasado y, partiendo de cero, de construir un orden totalmente nuevo, y que responda a todo los anhelos del hombre”4. El que esta revolución se realizara al alero de unas leyes ad hoc  urdidas por la izquierda, no le quita carácter refundacional al objetivo de alterar radicalmente las “estructuras” sociales y políticas vigentes. Una “revolución legal” es una revolución; solo que en vez de valerse de la fuerza directamente, busca consumarla a través del monopolio de la fuerza que posee el Estado, o sea, sirviéndose de la coacción que posibilita la ejecución de la ley5.

Nada más diferente a la Christliche Demokratie alemana, quien -siguiendo la secuencia que indica su nombre- tuvo por misión infundir la concepción cristiana en la democracia, y no al revés. La cosmovisión greco cristiana es la que debe informar y permear la política y sus leyes, merced a un discurso que va de lo sagrado a lo profano de modo que lo primero permanezca inalterado como el “primer motor inmóvil”, ajeno a las votaciones. Lo espiritual ha de guiar lo temporal; sin que quepa un movimiento inverso, a menos que se renuncie a las convicciones más trascendentes o superiores  y se acepte relegar la “religión” al ámbito exclusivamente privado. Lo que, obviamente, puede hacer cualquier partido político, si y solo si renuncia previamente al apelativo de “cristiano”, so pena de incurrir en una suerte de “publicidad engañosa”.

Si no -advertía René Guénon en 1927- la apelación a la metafísica cristiana no pasaría de ser una retórica vacía de contenido sustancial, que “degenera en discusiones completamente ʻprofanasʼ tanto por el método como por el punto de vista, donde la religión se pone sobre el mismo plano que las teorías filosóficas y científicas, o pseudocientíficas, más contingentes y más hipotéticas, y donde, para parecer ʻconciliadorʼ, se llega hasta admitir en una cierta medida concepciones que no se han inventado más que para arruinar a toda religión”6.

“Si se llega -agrega el autor, con proyecciones evidentes al caso chileno- no obstante a hablar todavía algunas veces de la doctrina [o cosmovisión metafísica], muy frecuentemente no es más que para rebajarla discutiendo con adversarios sobre su propio terreno ʻprofanoʼ, lo que conduce inevitablemente a hacerles las concesiones más injustificadas”7.

Esta es la inconsecuencia radical que afecta a la DC: el llegar hasta subvertir principios fundamentales del orden cristiano, a pretexto de rendir pleitesía a las mayorías ocasionales o sugestiones veleidosas que día a día vierte la democracia. Un descrédito que hoy parece difícil de revertir.  

 1 Juan Antonio Widow, La Revolución y los Moderados, en La Nación (Santiago) 21.7.1989 pág. 6.

2 Fernanda Beigel, Misión Santiago (2011) LOM Ediciones (Santiago) 260 pp.

3 Antje Schnoor, Santa desobediencia (2019) Ediciones Universidad Alberto Hurtado (Santiago) 202, 240-244.

4 Editorial Revolución en América Latina, Mensaje de 15.12.1962, pág. 591.

5 Sobre la inequidad y virtual despojo que en ciertos casos significó la aplicación de la Ley de Reforma Agraria por ese entonces: v. sentencia de la Corte Suprema de 9.10.1981, en el caso Barahona con CORA, en Revista de Derecho y Jurisprudencia tomo 78 (1981) Segunda parte sección V. 

6 La crisis del Mundo Moderno (1927) versión (2018) Omnia Veritas (España) pág. 116.

7 Obra citada, pág. 113.

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