¿UNA REVOLUCIÓN CONCLUSA?

¿UNA REVOLUCIÓN CONCLUSA?

Las elecciones por sí solas no detienen Revoluciones. Sí pueden estimular la elaboración de un discurso que restablezca el orden y termine con el Caos

“¡Chile se salvó, Chile se salvó!”, vitoreaban sus adeptos la noche en que Piñera fue electo presidente; era diciembre de 2017. Se había esfumado -creían- la amenaza de que el país se convirtiera en Chilezuela. Aliviados unos, exultantes otros, post elecciones del 21 de noviembre recién pasado algunos analistas de la plaza se apuraron a dictaminar sobre “La revolución inhallable”, porque nunca habría existido “ni vuelco a la izquierda, ni era la revolución la que golpeaba la puerta”1. Perciben que la elección produjo un “Freno a la refundación”2; que “murió el octubrismo”3; o que “si Chile vivió un momento de izquierda, eso parece haberse acabado”4.

En esto influyen las pautas que los medios de comunicación imponen a sus comentaristas (columnistas, editorialistas y tribunos), de henchir cada noticia de actualidad, sobre alguna circunstancia puntual, como si importara de suyo un “antes y un después”. Cada coyuntura marcada por la Agenda Setting, en este sentido, debe considerarse como un “punto de inflexión”, capaz de torcer por sí solo el curso de los acontecimientos. Sin considerar, ello, que una revolución que se propone un genuino “cambio de paradigmas” -según la teorización de Thomas Kühn- se desarrolla merced a una “acumulación de anomalías”, durante procesos erosivos más o menos largos de duración que suelen exceder con mucho el ciclo vital de un individuo5

Bastaría, para comprobarlo, un levantamiento de cuántas leyes se han dictado en Chile después del año 2014, cuando empezó a operar la “retroexcavadora” contra el “modelo”, que buscan imponer algún “nuevo paradigma” en ciertas materias vitales. El Mensaje presidencial N° 950-363 (21.9.2015) es emblemático al respecto, al iniciar la tramitación de la ley sobre garantías de los derechos de la niñez, con el indisimulado propósito de subvertir la familia tradicional constituida sobre la base de la execrada autoridad patriarcal.  

Otro factor que contribuye a instalar una falsa sensación de alivio es el sesgo en que a menudo incurren algunos comentaristas políticos, que suelen elevar sus expectativas a la categoría de hechos. Un auténtico experto debe ser cuidadoso a la hora de separar los hechos de aquellos voluntarismos e ilusiones optimistas que solo buscan articular consensos cognitivos artificiales con tintes ideológicos o, a lo sumo, corroborar ideas preconcebidas. Todavía más escrupuloso debe serlo cuando no cuenta con información relevante, cuando no ha detectado siquiera una información que falta, como es -en el caso de una elección- la elucidación de quiénes y porqué se han abstenido de votar: se puede decir que en una democracia cuentan los que votan; pero esto no faculta eliminar dicho factor ignorado (cuantitativamente altísimo), en el marco de una indagación que quiere dar cuenta cabal de la realidad.

La mayor parte de los fallos cometidos por analistas de toda índole, sin embargo, no obedece a la carencia de antecedentes o datos, a la ignorancia (falta de aprehensión completa de la realidad), sino que al error en su interpretación (falsa percepción de la realidad). A pesar que el intelector político debe trabajar con información confusa, que va generándose durante un vértigo de acontecimientos en pleno desarrollo, en situaciones dinámicas e inciertas, no obstante esto, debe ser capaz de rendir con la información disponible. No puede ser, por ejemplo, que un estudioso serio niegue la existencia de una revolución en curso (menos cuando no pudo prever el 18-O), como si fuera una mera elucubración académica o una simple premonición catastrófica, obviando la constante de que toda revolución persigue alterar el “imaginario colectivo” presente (léase los retazos de la cosmovisión greco cristiana aún vigente) y que su culmen se halla precisamente en el establecimiento de una nueva Constitución (¡y en eso estamos desde el 15-N del año 2019!).

No aprender de las sorpresas o negar la novedad de acontecimientos que no cuadran con nuestros esquemas mentales y que -por eso- no pudimos anticipar, son actitudes que un mínimo de objetividad aconseja evitar. Especialmente cuando se acostumbra confundir política con elecciones. Sin duda los comicios configuran un hito democrático importante, igual como otras vicisitudes que ocurren dentro de la institucionalidad formal. Pero también existen muchos otros sucesos que -al margen del sistema- discurren cotidianamente en la sociedad civil: y es aquí donde se está fraguando el modo de sentir y pensar de quienes se encuentran en su adolescencia y pubertad. La integración en colectivos, mesas de diálogo o en los llamados conversatorios u observatorios; la concurrencia a festivales, carnavales y cantatas alternativas; la audición de radios comunitarias y la conexión con tribus y clanes varios, o su participación en grupos de formación al alero de iglesias y colegios, instancias todas infiltradas y lideradas por organizaciones de la “democracia participativa” (un eufemismo para no hablar de soviets), constituyen espacios con alta densidad política que nadie monitorea en la actualidad.

¿No será hora de averiguar las causas explicativas de que en el Verbo Divino de Las Condes estudiantes encapuchados de 4° medio tiraran bombas de ruido y protagonizaran disturbios al interior de su propio colegio?6

Negarse a admitir las notorias oscilaciones que se producen entre una votación y otra; la ficción implicada en la apelación a un ciudadano medio ideal, invariablemente racional y sensato; asumir que una hipotética ciudadanía habría logrado una integración equilibrada del próximo Senado; concentrar la atención en las mayorías ocasionales sin atender a los comportamientos de la elite, son otros elementos distorsionadores que impulsan las conclusiones apresuradas o derechamente antojadizas. 

A quienes cantan victoria antes de tiempo, si no quieren saber nada del concepto de “revolución permanente”, les sugerimos el ensayo del afamado autor filo anarquista Noam Chomsky (aquí junto a David Barsamian), Crónicas de una revolución en marcha (2017).

 1 Carlos Peña, en El Mercurio (Santiago) 22.11.2021 cuerpo C página 2. 

2 Editorial El Mercurio (Santiago) 22.11.2021 cuerpo A pág. 3.

3 Rafael Gumucio, en La Segunda 22.11.2021 pág. 2.

4 Daniel Mansuy en La Segunda 22.11.2021 pág. 6.

5 Thomas Kühn, La estructura de las revoluciones científicas (1962) 3ª. edición (2006) segunda reimpresión (2010) Fondo de Cultura Económica (México) 63 y 129-148.

6 Por nombrar un episodio reciente (3.8.2021), que en nada difiere de los ocurridos antes en establecimientos educacionales emblemáticos, como el Instituto Nacional y el Liceo de Aplicación.

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