LA “CASA DE TODOS”

LA “CASA DE TODOS”

La Casa de Vidrio en Chile, año 2000. Casa moderna, 2021

No hay adentro ni afuera. El Kaos en tren de hegemonía, y los Okupas que son sus gestores, repudian todos los binarios por no ser “inclusivos” e implicar -sin considerar las razones que puedan explicar una legítima diferencia- meras “discriminaciones”: no a lo tuyo/lo mío ni a la oposición entre dueños/extraños. Se trata de eliminar cualquier heteronormatividad que impida regresar al estado del todo uno indiviso, en que las cosas se encontraban con-fundidas. Tomando palabras de Joseph Campbell, he aquí el “proceso de aproximación al estado primigenio de caos donde se funden todos los pares de opuestos; y en la esfera humana, psicológica, corresponde al comienzo de una regresión: el alejamiento de la civilización para volver al idilio del Paraíso y, más allá, al abismo primigenio”1.

Por eso lo interior/exterior empezó a diluirse con ese experimento trans-gresor que fue la “casa de vidrio” a inicios del 2000 en pleno centro de Santiago. Misma época en que los supermercados de artículos hogareños comenzaron a ofrecer productos a medio hacer, que debían terminarse en casa: no al binario productor/consumidor, ahora se es prosumidor. Ni hombre/mujer, sino drag queen y muchas otras categorías intermedias a la vez. Las muy repetidas “modernidad líquida”2 o “Era de Acuario”3, deben igualmente entenderse en clave deconstructivista: la apelación simbólica al agua, a lo que puede ser líquido, sólido o gaseoso a través. “Se estaría pasando de la Era de Piscis, violenta, intolerante, agresiva, dominada por el machismo, como expresión máxima de la siniestra combinación de la religión cristiana y la filosofía griega, a la nueva Era de Acuario, que sería lo opuesto”, acogedora y predispuesta a la fraternidad, explica don Julio Retamal4.  

“Sin fronteras” físicas ni espirituales (como la Open society de Popper y de Georges Soros) es la proclama que desdibuja y abre los cauces en sendos diques de nuestro universo ontológico e institucional (lo que llaman “imaginario colectivo”). Incluso permea la concepción misma de Chile como una comunidad. La noción del país como república unitaria, sostenida en los valores esenciales de la tradición chilena, ya se venía socavando en el plano legislativo desde el 2014, cuando la Ley N° 20.750 eximió a la televisión de compatibilizar su programación con “los valores morales y culturales propios de la Nación”, como era antes; en su lugar les impuso propalar el pluralismo, entendiendo por tal “la diversidad social, cultural, étnica, política, religiosa, de género, de orientación sexual e identidad de género”. Al año siguiente, la Ley N° 20.845, sobre “inclusión escolar”, impuso adoctrinar a los alumnos sobre la necesidad de generar encuentros entre las “distintas condiciones socioeconómicas, culturales, étnicas, de género, de nacionalidad o de religión”, pudiendo gatillarse -si no- las acciones coercitivas de la Ley Zamudio. 

Otro tanto se produjo el año 2017 con la Ley N° 21.045, que creó el “Ministerio de las Culturas”, a fin de “promover el respeto a la diversidad cultural y el respeto mutuo entre las diversas identidades que cohabitan en el territorio nacional como valores culturales fundamentales”. Direccionada también a socializar y normalizar los híbridos o queers, la Ley N° 21.325, de este año, no solamente se refiere a la dicotomía chilenos/extranjeros; en su texto asume centralidad la categoría de “migrante”, consagrando como principio fundamental la promoción y respeto a la “condición migratoria”. Tal como en el binomio hombre/mujer se pone entremedio una amplia gama de transexualidades, en movimiento continuo de aquí para allá, y vuelta, asimismo en el binario chilenos/extranjeros aparecen estos terceros transeúntes que se encuentran en permanente tránsito. Esto es: toda forma de identidad ha de sernos in-diferente.  

Sin embargo, es la Convención Constitucional quien ha ido más lejos en esta transgresión contra la identidad nacional. Pretextando adoptar un “Reglamento de Ética”, recientemente ha acordado condenar las violaciones a los derechos humanos cometidas durante el gobierno militar y tras el 18-O, así como similares conductas referidas a las “atrocidades y genocidio cultural de las que han sido víctimas los pueblos originarios” durante el período de la “colonización europea” y desde “la construcción del Estado de Chile”. No es cosa que se pueda refutar esta Leyenda Negra. Sobran fundamentos históricos para ello5. La cuestión es esta otra: que se haya revestido de “reglamento” una desembozada “condena” contra un pensamiento adverso. Excediendo así su competencia, puesto que ningún precepto le ha atribuido expresamente esta facultad condenatoria, y yendo contra una sentencia del Tribunal Constitucional (Sentencia Rol N° 9529 de 19 de noviembre de 2020), al decirlo así, la Convención ha incurrido en un acto totalitario que contraviene directamente la Carta Fundamental: son inconstitucionales los partidos y cualesquiera otra forma de organización que sin respetar los principios básicos del régimen constitucional (como es exceder sus competencias) “procuren el establecimiento de un sistema totalitario” (artículo 19 N° 15)6.

Ateniéndose al fondo de las cosas, o sea, con prescindencia de las formas con que se las quiera vestir, si tal acuerdo-cancelatorio de la Convención no es un “reglamento” propiamente tal ni es un “texto constitucional en elaboración” (en derecho las cosas son lo que son y no el nombre que se les pueda poner), entonces se encuentra fuera de la cláusula de no impugnabilidad ante tribunales que establece el artículo 136 inciso 7° de la propia Constitución. Por ende, mientras al Tribunal Constitucional correspondería hacer efectiva la responsabilidad del órgano que emitió este pronunciamiento totalitario, a cualquier juez de la República le correspondería conocer de una acción de nulidad de derecho público para invalidarlo; especialmente si coarta las libertades constitucionales de enseñanza y de opinión. 

No contradecir judicialmente este tipo de actos, tiende a consolidarlos y a acrecentar la indebida percepción de que algunos pueden actuar con total impunidad.  



1 Joseph Campbell, Las máscaras de Dios. Mitología creativa Vol. IV (1968) 2ª. edición (2020) Ediciones Atalanta (Girona, España) 381-382.   

2 Zygmunt Bauman, La cultura en el mundo de la modernidad líquida (2011) 1ª. edición (2013) por el Fondo de Cultura Económica (Madrid) 101 pp. 

3 De inexcusable lectura politológica es el “bestseller” de Marilyn Ferguson, La conspiración de Acuario (1981) versión (1994) de Editorial Keirós (Barcelona) 499 pp.  

4 Julio Retamal Favereau, ¿Existe aún Occidente? (2007) Editorial Andrés Bello (Santiago) 132. 

5 Como las que se encuentran en Marcelo Gullo, Madre Patria. Desmontando la leyenda negra (2021), Planeta -Espasa (Madrid-Barcelona), 560 pp.; Elvira Roca Barea, Imperiofobia y Leyenda Negra (2016) 8ª. edición (2017) Siruela (Madrid) 481 pp.; Iván Vélez, Sobre la Leyenda Negra (2014) Encuentro (Madrid) 327 pp.; Stanley G. Payne, En defensa de España (2017) Planeta-Espasa (Madrid-Barcelona) 311 pp.; Philip Powell, Tree of Hate: Propaganda and Prejudices Affecting United States Relations with the Hispanic World, University of New Mexico Press (Albuquerque), 2008, 232 pp.

6 En este sentido, véase la columna del historiador Alfredo Jocelyn-Holt, Cancelación e historia, en La Tercera 9.10.2021 pág. 6. 


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