“DE MALDITAS MENTIRAS, HIPOCRESÍAS Y PRIVILEGIOS DESENFRENADOS”

“DE MALDITAS MENTIRAS, HIPOCRESÍAS Y PRIVILEGIOS DESENFRENADOS”

Dentro del degradado panorama moral que caracteriza todo el decurso de la elaboración de una posible nueva Constitución, podemos constatar la existencia de una perversa y densa mezcla de bajezas y ruindades que no debiera pasar desapercibida ante la opinión pública.

Pues cuando la verdad es despreciada y la mentira exaltada, es el momento en que los pueblos se enfrentan con los más oscuros abismos de su propio terror. Se trata de coyunturas históricas como las que vivieron y sufrieron los mártires cristianos cuando las persecuciones del Imperio Romano, las que llevaron a los Caballeros de San Juan a resistir a las hordas del Turco o las que vivieron los jóvenes soldados del heroico ejército polaco que murieron combatiendo al ogro comunista soviético. Solo ante la más completa derrota y humillación es cuando se produce la confrontación del hombre con sus propios monstruos y la de los pueblos con la verdad desnuda. Pura y simple verdad, cuya luz brilla destruyendo los cochambrosos entresijos de la mentira y la hipocresía, que parecen invencibles dentro de la oscuridad y degradación moral en que se generan, sofocando todo lo que es noble y decente en el género humano, pero que no resisten la luz de lo verdadero.

No hemos de olvidar al respecto, el clima en el que se dio inicio al mendaz cambio constitucional en el que estamos inmersos. Los aparentemente espontáneos, pero fríamente bien disciplinados, grupos que “protestaban” (quemaban bienes públicos y privados en distintos puntos de la capital del país y de las ciudades a lo largo del territorio chileno), dieron paso a los vándalos directos y a delincuentes mezclados a partes iguales con activistas que gritaban histéricos lemas memorizados y copiados de otras latitudes, repetidos ad nauseam, terminaron a todos enfrentándonos con nuestros monstruos. Ningún programa político de paz y concordia puede brotar de este tipo de brutalidad, como bien lo sostiene nuestro derecho constitucional desde hace dos siglos, pues la autoridad del Estado no puede adoptar acuerdos o resoluciones bajo la presión de la fuerza o violencia. 

Pero nuestros políticos, presos del miedo cerval por conservar sus propios pellejos o con una oportunista mezcla de audacia y codicia moral, olvidaron todo esto al calor de las llamas encendidas el 18 de octubre de 2019 para firmar el acuerdo “Por la paz” de 15 de noviembre que siguió a la insurrección roja. Solo debemos recordar las expresiones en sus rostros para adivinar sin temor a equivocarnos qué estaban pensando al firmar un documento que sabíamos que sería borrado con el codo antes de que se secara la tinta de los prosaicos lápices Bic con los que se suscribió. Ese día gobierno y oposición entregaron la Constitución, el sistema político y el Estado de Derecho a la ultra izquierda organizada en las calles y con un remedo de sonrisa en sus caras.

¡Qué duda cabe que los propósitos y fundamentos de toda esta gigantesca pantomima están llenos de mentiras, hipocresía y enfermizas ansias por dinero y privilegios!, pues aunque las gargantas de los dóciles soldaditos griten en las calles por la “dignidad” y el fin de los “privilegios”, lo que sus líderes aspiran a obtener es su propio beneficio, sus personales privilegios y dinero, que están dispuestos a defender con uñas y dientes como émulos del codicioso prestamista del Antonio Mercader de Venecia de Shakespeare.

Así, el encontrarnos con aquel convencional  enfermo de cáncer imaginario no puede sorprendernos para nada. Si al menos tuviera la gracia de la comedia de Moliere. Todavía existen voces que intentan justificarlo, culpando de su fraude al “capitalismo”.

Pero no, la comedia que contemplamos tiene dosis similares de tragedia griega y vulgar opereta de vodevil. Las mentiras nos bombardean día con día y ya distinguir la luz de la oscuridad se hace complejo. Nos dijeron que el plebiscito del año pasado nos proyectaría al siglo XXI, pero la votación fue llevada al cabo en medio de la colosal pandemia que nos aqueja y con una aparente validez que nos genera severos reparos.

Luego, para la elección de la convención se prometieron cosas tan imposibles como demenciales, que el simple sentido común habría de habernos advertido que eran delirio puro. Con reglas electorales hechas en la hora undécima y exprofeso para generar resultados en favor de un sector político extremo, con reglas de igualdad de sexos y de participación de pueblos indígenas como último condimento, indigenismo caviar de pésimo gusto en un país en donde el 90% de la población somos mestizos. Surgieron así constituyentes pretendidamente indígenas de comunes apellidos españoles, con unas pocas decenas de votos de respaldo. 

Hay algunos que han llevado la mentira hasta la fonética del araucano. Han cambiado los nobles sonidos del idioma de los caudillos de Arauco que nos dejaran los poetas hispanos y chilenos, como Ercilla y Oña, y las gramáticas escritas por los franciscanos del siglo XVI, que sí conocieron directamente a sus hablantes, por un dialecto con sonidos hurtados del alemán, cuya pronunciación resultaría una bofetada a los príncipes araucanos como Caupolicán o Galvarino. Siutiquería pura, pero adornada con elegantes sedas y joyas de plata maciza de varios millones de pesos de valor, que sus dueñas se echan encima para ostentar su riqueza en la Convención, y que seguramente avergonzarían a las nobles heroínas épicas como Fresia y Guacolda. Y es que en el clima de mendacidad que vivimos se confunde la ostentación y el descaro con la vestimenta típica, que se exhibe más bien como un disfraz.

Existen otros que reclaman la condición de víctimas discriminadas por el sistema, pero que han vivido toda su vida dentro de él, disfrutando en las mieles de la riqueza material (aunque miseria espiritual) en los barrios más acomodados de la capital o de las ciudades de regiones, educándose y educando a sus hijos en colegios y universidades de la élite o buscando el lucro personal más desenfrenado. Es que para mentirosos patológicos la única motivación es perseguir más y mejores privilegios para sí mismos. Y no dudan en vender el alma repetidamente para lograrlo. ¡Ah!, y pobre del que ose cuestionar que aumenten arbitraria e ilícitamente sus asignaciones o sus almuerzos de gourmet. El denunciante será acusado de “clasista” o “racista” o hecho callar como promotor de los ubicuos “discursos de odio” o “negacionismo”, nuevos comodines descalificatorios, que sirven para rechazar a todo aquél que piense distinto.

Pues ellos son los “constituyentes”, los “depositarios del poder constituyente originario”. Lo repiten con tal convicción que parecen fanáticos religiosos, por lo que uno diría que se han vuelto devotos de un nuevo culto resucitado del viejo absolutismo dieciochesco. Solo les falta afirmar que son “soberanos” y ya el cambio semántico estaría listo para que los viéramos aparecer con coronas doradas en sus sienes, adornos de oropel seguramente engalanados con piedras de fantasía de colores chillones, todo hay que decirlo. 

Haría bien algún generoso profesor de educación cívica en recordarles que no son más que los integrantes, generosamente pagados por nuestros impuestos, de un órgano derivado de la ciudadanía, para redactar un proyecto de constitución. Nada menos y nada más. Y sin pretensiones de refundar o reinventar desde cero a la nación misma. Sostener lo contrario equivale a arrogarse una representación de la que carecen, y eso, todavía en nuestro Chile contemporáneo, es delito de sedición.

Claro, nada tiene de extraño que ahora los miembros de este órgano, ilegítimo de origen y de ejercicio, nos notifiquen que no se respetarán las reglas de quórum para votar las disposiciones del nuevo texto constitucional, si ellos no quieren, o que inventen “plebiscitos dirimentes” no contemplados en las normas constitucionales vigentes, pues a ellos les parece bien. Parafraseando a uno de sus líderes, lo que estamos contemplando es una suma de mentiras para generar un texto constitucional tramposo a la medida de sus extremismos más sectarios.

Lo que habría sido sorprendente es que estuvieran dispuestos a respetar las reglas por las que resultaron electos, aunque dichas reglas hayan sido igualmente ilegítimas.

Digámoslo sin tapujos, es probable que muchos de estos convencionales desee conseguir la mayor cantidad de prebendas que sea posible y por el mayor tiempo que puedan.

Y ¿qué viene para adelante? Desesperen los que se refugian en el plebiscito de ratificación. Éste no durará más de lo que un nuevo gobierno y congreso nacional a elegirse en noviembre próximo tarde en modificar de las reglas constitucionales vigentes. Y entonces el límite a los despropósitos de esta masa vociferante en que a ratos se convierte  la convención estará dado exclusivamente por el criterio o descriterio de muchos de sus integrantes.

Es por ello que resulta imperioso y de vital importancia, hacer sentir nuestra voz cada vez más fuerte y con convicción, para denunciar estas imposturas e hipocresías, pues aún estamos a tiempo de reconducir a nuestra Patria por la senda de la paz, la libertad y la verdad, pero es nuestra la responsabilidad, nuestra y de ningún pretendido constituyente soberano que desee imponernos sus apetitos camuflados de derechos o demandas históricas.


Eduardo Andrades Rivas

Doctor en Derecho.
Magíster en Derecho.
Magister en Humanidades con mención en Historia Clásica.
Profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad del Desarrollo.

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