La rana, el político y el convencional

La rana, el político y el convencional

El lector se preguntará: Qué tiene que ver el título de esta columna con la actualidad nacional? ¡Qué absurdo encabezado para un artículo! dirán otros.


      Lo explico.

      La rana hojarasca misionera (Ischnocnema henselii) del sur de Brasil, tiene una habilidad especial: cada vez que se siente atacada, finge con una habilidad impresionante, encontrarse muerta. Así, con este método de autodefensa, el depredador pierde el interés y se aleja, por alguna razón que sólo la naturaleza sabe. 

 
        En nuestro medio nacional, hace unos años atrás, un reconocido político de izquierda, en medio de una investigación por la emisión de facturas falsas que afectaba a uno de sus colaboradores o “recolectores de platas”, apareció en un medio periodístico, dando una gran y reveladora entrevista personal: comunicaba que padecía de un cáncer cerebral.  Obviamente, para cualquiera persona con cierta sensibilidad y prudencia, indagar más allá, era un absurdo.  La sola palabra cáncer, es suficientemente grave y dolorosa para exigir algún comprobante médico. 

 
        En fin, pasado el zafarrancho investigativo, del cáncer cerebral nadie más habló. Ni el político manifestaba síntomas físicos que revelara el avance de la enfermedad. No conozco otra entrevista que se tocara el tema. Fue tan presuroso el interés del entrevistado por dar a conocer su estado, como rápido fue a la hora de no hablar más del tema.   

         El hecho surtió efecto en parte de la opinión pública. Muchos, probablemente, sintieron lástima.  Al fin y al cabo, no hay manera de no condolerse, aun tratándose del peor de los enemigos que una persona puede tener. Es, además, lo que manda la caridad cristiana y el mínimo sentido de humanidad.


          En estos días, otro paciente “enfermo” de cáncer apareció en escena. Gracias a ello y su mediática exposición en los medios, logró un escaño en la Convención Constituyente.  Nos referimos a Rodrigo Rojas Vade.


        Hábil como un avezado y viejo político, supo disfrazar ante el público y la prensa una enfermedad que no padecía.  Conclusión: engañados sus electores, los medios, sus compañeros de lista y el público en general.


        Pero lo increíble no es eso. No a estas alturas y escuchadas las distintas declaraciones de moros y cristianos.


        De la indignación propia que causa en almas honradas la develación del engaño, aparecieron voces llamando a la clemencia.  Conmiseración hacia tan díscolo compañero de labores. Incluso un conocido humorista (Ernesto Belloni) interpretó muy seriamente los hechos: “se sintió obligado a mentirnos porque se sintió avergonzado de tener Sida, porque en este país, nosotros, la sociedad, hemos obligado al portador del VIH a sentirse avergonzado de su enfermedad”.

          No es tema el virus del VIH, ni la condición de homosexual del convencional cuestionado, ni la necesidad de algunas personas de ocultar ambas circunstancias.  Eso es harina de otro costal. Aquí el punto es otro. Es la construcción de una mise-en-scène que involucra fotos con parches, médico tratante de por medio, un agresivo discurso en contra del sistema de salud por los vacíos en la atención a los pacientes de cáncer, clamorosos reclamos de libertad en contra de un sistema opresor y esclavizante, rifas y colectas. Ese es el tema. Es la facilidad de algunos para aparentar lo que no son a fin de acceder a puestos que dirimirán los destinos del país y de sus habitantes, y que de otra forma es probable que no accedería.  

Por supuesto que en esta convención constitucional donde lo extravagante es regla no hay exigencia de conocimientos especializados en derecho constitucional, ni experiencia laboral, ni edad: sólo calle, ardientes declamaciones, y en su peor forma, apariencias.

La estrategia de la rana hojarasca misionera se comprende en el mundo de la naturaleza, pero en la sociedad humana organizada rectamente hacia el bien común, el todo vale, no. Ante el eco de los gritos callejeros de libertad de Rojas Vade, recuerdo una frase excelsa e imperecedera de San Agustín: “La verdadera libertad está en la alegría del bien obrar”.


Guillermo Leigthon García

Abogado. Profesor universitario. Magister Derecho de la Empresa, Universidad de los Andes

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