El adoctrinamiento en la educación chilena

El adoctrinamiento en la educación chilena

Quienes, desde los claustros universitarios, hemos dedicado por vocación de vida toda nuestra carrera a la educación de las juventudes, hemos podido apreciar una serie de sutiles y, a veces, casi imperceptibles cambios en la formación histórica que los estudiantes de secundaria evidencian al entrar en las aulas de la Universidad.
​Uno diría que se trata de cambios psicológicos generacionales. Sí, siempre está el factor generacional, pues mientras los novatos estudiantes se mantienen siempre jóvenes de 18 años y con nuevas inquietudes e intereses, los profesores nos hacemos mayores y nuestra psicología se aleja inevitablemente de quienes recibimos en nuestras aulas o en la pantalla del zoom. Así, los más antiguos hemos debido sortear con mayor o menor éxito al menos 3 o 4 brechas (los anglosajones usan esa gráfica expresión “gap”) que separan cada 7 años a una generación de otra. Se trata de un proceso humano inevitable y para el que, hasta hace pocos años, estábamos acostumbrados, o como en el caso de quien escribe estas líneas, resignados.
​Pero no, el fenómeno que nos ocupa va más allá de la simple línea generacional, es más que mera demografía. Es más hondo el asunto. Tiene que ver con una política de largo aliento cuya implementación hemos visto a lo largo de tres décadas. Y cuyos protagonistas están muy lejanos a la educación clásica.
​Quienes hicieron su educación primaria y secundaria en los años ochenta del siglo pasado, podrán recordar que los hechos de la historia contemporánea nacional eran expuestos con brevedad, y sin adjetivos calificativos, por esos grandes educadores que eran en su mayoría profesores normalistas. Se pensaba, illo tempore, que era conveniente exponer los hechos permitiendo al alumno formar libremente su juicio y dando espacio para su ponderación a lo largo de su vida, en aplicación de esa sentencia clásica que afirma que los hechos del pasado necesitan de la formación de una adecuada perspectiva para poder ser cabalmente comprendidos, pues el paso del tiempo resulta imprescindible para hacer historia. El currículo de historia de la educación nacional dedicaba a este segmento de nuestra vida política lo necesario, sin descuidar el estudio de los fundamentos de nuestra cultura, inolvidables lecciones sobre Grecia y Roma, con Pericles y Augusto, los tiempos de la Cristiandad Latina con Alfredo el Grande y Carlomagno, la Reconquista española, el humanismo, los Reyes Católicos, los Médicis, Leonardo y Miguel Ángel y los grandes descubrimientos, hasta llegar a la historia patria.
​Pero a partir de 1991 las cosas cambiaron radicalmente. Lo que magistralmente don Gonzalo Vial Correa denominó “la camarilla del Ministerio” se hizo con el control de los programas y contenidos de la Historia de Occidente y nacional, y vaya que sí encontró un campo fértil para desplegar sus fantasías más delirantes, pero bien orquestadas. Se hizo realidad esa sentencia del gran estadista don Jorge Alessandri Rodríguez, quien en sus últimas intervenciones públicas declaraba que no creía en la Historia, debido a que habiendo vivido personalmente hechos de nuestra evolución política, cuando los veía escritos por historiadores, los apreciaba tan deformados que no correspondían ni remotamente a la verdad.
​Así se comenzó sobresaturando los programas con los llamados “contenidos mínimos” que eran realmente máximos sin dejar casi ningún espacio para la construcción de un proyecto educativo alternativo. Y para hacer espacio, se partió expulsando a la llamada “Edad Media” del currículo. Claro, hablar de las catedrales góticas, el origen de la universidad y del cultivo de las ciencias en dicho periodo, poco importaba a “expertos metodólogos”, pues su propósito era otro. Similar suerte correrían, más adelante, la historia clásica y la moderna. Hasta llegar a reducir en los últimos años la historia occidental a la llamada contemporánea, con grandes explicaciones sobre la asesina y sangrienta revolución en Francia y sus consecuencias, elevadas a la condición de modelo civilizatorio.
​Otro tanto aconteció con la historia nacional. De la gesta de Magallanes, Almagro y Valdivia, pasando por los siglos de la Monarquía Hispánica no quedó nada y apenas si un vistazo abreviadísimo de la denominada “Independencia”. La historia chilena se concentró en la república, y particularmente desde 1938 con el Frente Popular, para culminar en lo que los autores del currículo actual consideran la “edad de oro” de Chile, el siniestro periodo de Salvador Allende y la Unidad Popular, que ha sido elevada a la categoría de gesta épica. Y, por cierto, en el extremo opuesto, el enemigo oscuro de tan singular periodo de “gracia” es el Gobierno Militar. Mucho sospecho que, si pudieran responsabilizar a dicho periodo de las Plagas de Egipto, de la destrucción de Pompeya por el Vesubio, del hambre en África y de los monzones en la India lo harían con total inverecundia.
​Pero así llegamos a la historia mutilada y falsificada de punta a cabo, como temía Alessandri, con la que se forma a los alumnos secundarios chilenos en el Chile de 2021. No olvidemos lo que sucedió cuando un Ministro de Educación que no era de izquierdas militantes intentó que los textos de estudio mencionaran el periodo que acabamos de indicar como “Gobierno Militar” en una tibia alternativa al mote de “dictadura cívico-militar” que tanto agrada al ego de la izquierda radical. Los alaridos histéricos de los miembros de dichas izquierdas resonaron hasta en las bóvedas de las catedrales, con efusiones de espuma en las mandíbulas y desgarro de vestiduras cuales modernos Caifaces. Todo esto puede ocurrir en el país de “los cerebros lavados” como diría un destacado polemista de nuestros tiempos.
​Interesante es considerar la evolución o más bien involución experimentada por los textos de estudio de historia en nivel primario y secundario. Durante décadas he adquirido anualmente dichos textos, oficiales según las normas del Ministerio de Educación de Chile, y es posible apreciar con prístina claridad lo que decimos. Los textos de hace 30, 20 o siquiera 10 años distan años luz de los actuales. El proceso de secuestro de los estudios históricos por parte de autores de la izquierda militante resulta grotesco. Frente a los sólidos y bien estructurados textos de historia de fines del siglo XX, las ediciones de 2018 a 2021 son una colección de afirmaciones tendenciosas sobre la historia nacional de los últimos 50 años, con fragmentos o “testimonios” escogidos con pinzas para lograr el mayor impacto en los alumnos y con nula apreciación crítica de los mismos. Es la historia oficial o “memoria histórica” en su peor expresión escrita.
​Evidentemente, reiteramos, todo esto no ha sido el resultado de un proceso rápido. Los promotores de esta gigantesca bufonada han trabajado con tesón, paciencia y pertinacia. Allí donde todavía existían profesores de gran calado intelectual, cultores de la historia de formación clásica, se les encerraba en sus respectivas clases y se les respetaba hasta que llegaba el tiempo de la jubilación o del despido y mientras tanto las fantasías que reemplazaban la historia eran difundidas por profesores de diversas disciplinas como filosofía, expresión oral y escrita (pues así se denomina ahora al viejo curso de “español”) o incluso matemáticas. Personalmente observé hace unos pocos años atrás una clase de un profesor de física que promovía la reflexión política de sus alumnos de tercer año de enseñanza media sobre “el mejor tiempo, en que los chilenos fuimos más libres”: el periodo de la Unidad Popular. Creo no equivocarme al pensar que esos pobres jóvenes al concluir sus estudios no tendrían la menor idea de lo que eran los grados Kelvin o el efecto Doppler, ni menos de Historia de Chile.
​Muchos han participado en esta verdadera falsificación de la realidad histórica, principiando por los miembros del colegio de profesores, gremio que más que asociados agrupa a militantes de un sector político extremo y entusiasta. Es que, al decir de Lenin, tienen claro que, si la teoría no cuadra con los hechos, peor para los hechos. Pues lo que interesa es la formación de “una historia oficial”, una “memoria histórica única” de la cual nadie puede apartarse ni una coma so pena de caer en la herejía.
​Pero también otros cuantos, numerosos ciertamente, colaboran por omisión, por miedo a levantar la voz, pues pueden buscarse problemas con las unidades técnico pedagógicas de sus establecimientos y con sus directivos. La conspiración del silencio opera en forma demoledora.
​Corresponde preguntarse qué podemos hacer para corregir esta falta de formación o deformación intelectual en las Universidades. Mucho y siempre será poco. Pues el fenómeno que acabamos de describir también aqueja a muchos claustros académicos de educación superior. Facultades de Humanidades que han abdicado completamente de su papel formativo y crítico y que solo repiten el esquema de la Historia oficial predominante. Con profesores que más que estimular el pensamiento crítico de sus alumnos buscan formar soldaditos obedientes, a los que manipulan como si fueran cuadros del soviet de turno. Y que ya titulados, a su vez de pedagogos, repetirán mecánicamente todo lo que les han inculcado en la cabeza, traspasándolo a las nuevas generaciones.
​Me ha tocado ver como estos docentes, en universidades del Estado, dedican todo su esfuerzo a influenciar a sus alumnos con una única interpretación de la realidad, la suya. Y pobre del que ose cuestionarla, el ostracismo del hereje es feroz e inmediato. Y la reprobación automática. Hace falta tener mucho carácter y fuerza de espíritu para escapar a esta policía del pensamiento.
​Otros personajes se enquistan en departamentos de metodología de la educación (donde abundan expertos que nunca en su vida han puesto un pie en un salón de clase, pero que aun así pontifican sobre cómo los profesores “deberían” hacer sus labores) o Facultades de Humanidades o Artes liberales y logran incluso editar sus tendenciosos materiales con cargo a los bolsillos de los contribuyentes. No hace mucho en una reputada universidad privada se editó un texto de capciosas citas de filósofos neomarxistas promovido por uno de estos profesores, texto que se distribuía gratuitamente a todos los estudiantes de primer año. La labor de dirección editorial simplemente no existió pues de haberlo sido se habría podido apreciar que un texto de citas filosóficas e históricas sin ninguna mención a Sócrates, Aristóteles o Santo Tomás de Aquino, era más que sospechoso.
​Los promotores de toda esta maquinación suelen no polemizar en público sobre sus ideas o acciones. Rehúyen todo tipo de encuentro académico en donde puedan ser confrontados con la realidad. Es en la oscuridad donde operan con mayor libertad e impunidad.
​¿Debemos contemplar estupefactos todo lo dicho? Definitivamente no. Quienes tenemos responsabilidades formativas en el pregrado universitario estamos obligados a formar en nuestros alumnos una conciencia crítica. Para ello es necesario derribar los mitos uno a uno. No mantener el esquema que les han enseñado en la educación primaria y secundaria: repetir de memoria todo lo que se les ha dicho, sino estimular que puedan pensar con libertad, no como “a nosotros” nos gustaría, sino que PIENSEN, con mayúsculas, pues eso, con toda seguridad les permitirá sacudirse la cochambre intelectual que les han inculcado a la fuerza. Si logramos que un joven se cuestione y piense por sí mismo habremos logrado algo de valor inconmensurable y lo demás vendrá por sí solo. Educar a nuestros alumnos en la libertad, en el análisis crítico y, antes que nada, en el amor a la verdad, pues la búsqueda del Logos es lo que conviene y nutre a toda verdadera Universidad, desde los lejanos tiempos de su origen en la umbría Bolonia, de la Lombardía del siglo XI.
​Y es que siempre es bueno recordar eso que, en clave trascendente, le oímos decir a la Santa de Calcuta: lo único que justifica dedicar nuestra vida a la educación es perseguir que nuestros alumnos sean “mejores personas que nosotros”.

EDUARDO ANDRADES RIVAS

Doctor en Derecho.
Magíster en Derecho.
Magister en Humanidades con mención en Historia Clásica.
Profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad del Desarrollo.

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