Reflexiones sobre la nueva revolución a la luz de las revueltas en Chile

Reflexiones sobre la nueva revolución a la luz de las revueltas en Chile

Resumen

La revuelta que desde hace meses sufre Chile tiene alguna semejanza con otras experiencias de las que nos ilustra la historia, aunque las diferencias son considerables. En este artículo se trata de reflexionar sobre ambos extremos, al igual que subrayar la presencia de una neta mentalidad gnóstica y nihilista en las acciones revolucionarias.

Pórtico

Estas reflexiones no tienen más ambición ni propósito que efectuar un balance de lo que sucede desde hace meses en Hispanoamérica, especial y específicamente en Chile. No constituyen una cronología ni posee un aparato académico que encuadre las ideas. He querido poner en claro las notas que mi mente fue guardando en borrador, relacionándolas con un pasado no muy lejano pero que está como borrado, y al mismo tiempo señalando los trazos nuevos de la revolución posmoderna.

Chile, tengo esa impresión, no ha sido (no es) más que un primer experimento, un inicial ensayo de cómo puede ser la nueva revolución. Y hay motivos para que se la eligiera. Motivos hoy olvidados por esa máquina devoradora de recuerdos que es el mundo de la Modernidad.

En modo alguno he pretendido abarcar el complejo tema, menos aún agotarlo. Es más bien una aproximación a un fenómeno que estaba anunciado hace ya casi cuatro décadas pero que he (quizá, hemos) tardado en percibir una vez que sucedió. El proceso está abierto, la convulsión no cesa. Malamente podría cerrarlo con esta limitada aproximación.

Para ubicarnos históricamente

La vulgarmente llamada izquierda ha visto cómo desde la década de 1970 se esfumaban varias de sus proféticas banderas. Los sociólogos afines venían anunciando la pérdida del potencial revolucionario del proletariado, más interesado en asegurarse el salario y compartir las ventajas del mercado capitalista que en acabar con el sistema. Parecía que la revolución se quedaba sin sujeto que la actuara.

Sobrevino después el descongelamiento de la Rusia soviética, la caída del Muro de Berlín y la desaparición oficial del comunismo en el mundo, como no fuera por algunos países recalcitrantes pero de menor valía. El mapamundi quedaba transformado y las zonas rojas volvían a ser pasto de la democracia.

Entre uno y otro hecho varios intelectuales (muchos vinculados a esa izquierda, aunque reciclados) comenzaron a poner las esperanzas en nuevos sujetos de la revolución, menos reconocibles en términos de clase pero más perceptibles públicamente por su presencia activa en las calles: los movimientos sociales. Se inició así la apuesta a una revolución menos ideologizada y más fragmentada discursivamente; una revolución de las diferencias que abomina de la homogeneidad; una revolución que en lugar del paraíso comunista profetizaba la saciedad de las demandas y pretensiones sociales, un festejo interminable; una revolución que cambiaba la hoz y el martillo por el pin rosa de los homosexuales, el pañuelo verde de los abortistas o las banderas negras de los ecologistas.

Y todo esto se vio de golpe relanzado con inusitado entusiasmo cuando la globalización comenzó a hacer de las suyas, imponiendo medidas económico-financieras y político-sociales que ignoraban las peculiaridades locales, regionales o nacionales; que uniformaban recetas y remedios; que centralizaban y concentraban el poder; que borraban las diferencias; etc. Los defectos horribles de la globalización son conocidos de todos y no merecen más tiempo. Ahí están los movimientos antiglobalización con sus alegatos y ataques, para quien quiera retomarlos.

En este contexto (brutalmente reducido al espacio disponible) se puede inscribir la nueva guerra revolucionaria que hemos visto y estamos aún viendo en Chile; que se anunció y se aplacó sorpresivamente en Colombia; y que muy posiblemente estalle en cualquier país hispanoamericano en cualquier momento.

Sintomatología del extremo disconformismo

Hace pocas semanas1 un amigo chileno, inteligente y prestigioso jurista, nos asombró con una conversación en la que describió detenida y certeramente qué está sucediendo en Chile desde el 18 de octubre de 2019. Tomé notas y en ellas me baso para reseñar los síntomas del nuevo proceso revolucionario. Y digo síntomas porque en la mayoría de los casos no son más que manifestaciones sensibles, exteriores, de un estado de ánimo y de una mentalidad que por momentos nos parece esquiva, indefinida, pero que a esta altura podemos intuir.

Lo que por sobre todo destaca es que, lo que llaman protestas o revueltas, son expresamente una manifestación radical de un descontento, disconformismo que en una ocasión el inglés William Gladstone dijo ser «la espina dorsal del liberalismo». No estamos viendo los actos habituales de movimientos sociales de protesta sino una radicalización de los modos de manifestar la oposición y la contrariedad, el disgusto y el rechazo. Y estas acciones no se dirigen contra un tema, asunto o materia particular sino contra lo existente, llámese sistema, régimen, cultura, mundo, etc. Es cierto que la revuelta inició por el aumento del pasaje del transporte público, pero de ahí se generalizó, abarcándolo todo, al punto que ha llegado a cuestionar un mito central de las democracias liberales: la constitución del Estado.

¿Cómo se ha expresado esta revuelta colectiva? Diríamos, usando un término en boga puesto a girar por los postestructuralistas franceses: «deconstrucción», absoluta, total; un desmontaje que destruye lo habitual, imponiendo formas y ritmos vitales contrarios a los acostumbrados por la rutina demoliberal capitalista. Si la deconstrucción afirma que es la subjetividad del intérprete la autoridad única que desmonta los sentidos y significados establecidos, sustituyéndolos por los que arbitrariamente quiere la propia subjetividad, a no dudar que la revuelta chilena es una deconstrucción radical de la vida toda en Chile.

Aquí los síntomas que la expresan: la destrucción, dicha deconstrucción, se traduce en más inseguridad y mayor incertidumbre; se trata de instalar en la sociedad la anormalidad, la irregularidad, la confusión generalizada, no como sensación sino como vivencia cotidiana. Esta destrucción conlleva más violencia, sobre todo física, afectando instituciones, instalaciones, lugares públicos y privados, también personas; violencia además moral, como se nota en esos actos de humillación, de ridiculización y burla que fuerzan a las personas a experimentar lo desagradable, a aceptar lo blasfemo, a convivir entre bufones irreverentes.

Qué duda cabe que hay en Chile un mayor descontento, aunque muchas veces no sea direccionado hacia algo particular, porque en la medida que se mantiene indefinido o impreciso, aumenta la sensación y la vivencia de una enorme indefensión y de un inmenso miedo, que corren paralelos a la evaporación de la autoridad pública, especialmente la fuerza policial que está impedida de actuar y reprimir, privada de armas para sostener el espacio público y defender las propias vidas de los policías. Esta indefensión colectiva favorece un aumento de la agresividad de los revoltosos al mismo tiempo que produce una mayor degradación general en todos los ámbitos de la vida (la alimentación, el transporte, la privacidad, etc.).

A veces estos síntomas vienen argumentados en nombre de la justicia dicha «histórica», como si tratara de una reivindicación largamente reprimida, ancestral, que está reflejada en esa bandera de los rebeldes que dice «no son 30 pesos, son 500 años». Es como si se hubiera destapado una olla podrida que el demoliberalismo había ocultado y enterrado; como si los muertos volvieran a la vida para que su histórico reclamo sea ahora pagado con creces.

Y está también -se lo ha evidenciado hasta el hartazgo- el odio recalcitrante a la religión católica, un odio que poco tiene que ver con la secularización corriente y mucho con el aborrecimiento de lo sagrado y lo divino; un odio que no es el habitual en todo el mundo, sino extremado con formas de violencia lingüística (un discurso decididamente blasfemo que va más allá de la falta de respeto, que se anuncia como aversión), formas de violencia moral (las prácticas de profanaciones generalizadas en ataques a personas santas y sacramentos y sus signos) y formas de violencia física (la quema de templos e instituciones vinculadas al catolicismo).

¿Qué se ha conseguido con todo ello? Me da la impresión que se ha hecho común la vivencia íntima y la sensación exterior de la vida convertida en una maldición, porque la habitualidad del conflicto, la prolongación cotidiana de la revuelta violenta, destruye el quicio social y la columna psicológica que permiten vivir con normalidad. Una suerte de loquero descontrolado y volcado a las calles, ayer, hoy, mañana; un dinámico tormento perpetuado hasta que así se lo quiera. Se trata de experimentar lo que significa vivir en la irregularidad, acostumbrarse a la anormalidad, como si estuviésemos sujetos a deseos, caprichos, pasiones y antojos ingobernables.

¿Irracionales?

El clima creado es de una pretendida irracionalidad, porque los efectos parecen superar con creces a las causas; porque no hay pretendidas razones que justifiquen las violaciones diarias y reiteradas. Pero fundamentalmente porque no se ve futuro.

Una pregunta que va y viene y no tiene contestación cierta es: ¿a qué apuntan?, es decir, ¿cuál es el futuro que imaginan?, ¿qué futuro quieren? No hay más respuesta que la continuidad del caos, la perpetuación de la anarquía descrita. Se vuelve a preguntar: ¿hay futuro más allá del total despelote?, ¿o solamente se quiere el presente de una revuelta permanente? ¿Es pura contestación?, ¿no hay más que la sola contradicción, siempre renovada, siempre cambiante?

La experiencia es que no hay futuro aparente, que no hay esperanza siquiera histórica, esto es, de un mañana rutinario aunque distinto de la rutina del pasado. Pero si es así, hay que saber que no hay «cambio» porque pareciera no haber dirección que seguir o sentido hacia el cual cambiar.

¿El sinsentido de la acción? Si nada se espera, no hay tampoco desesperación. Ya lo escribió Jean Paul Sartre en 1946, en un pasaje esclarecedor de El existencialismo es un humanismo: «no es necesario tener esperanzas para actuar». La acción se explica por sí misma, no necesita de coartadas ni finalidades. Más todavía si se trata de una acción negativa, en contra de lo establecido. Los revoltosos actúan. La gente común no debe esperar otra cosa que su acción, está a merced de lo que ellos hagan: cuándo lo hagan, cómo lo hagan, contra quiénes lo hagan y porque lo hacen.

Es como una actuación teatral que enmascara la realidad. Guy Debord nos había advertido acerca de la vida vivida como espectáculo en las sociedades capitalistas, es decir, de la ocultación del sentido por la puesta en escena. En sus Comentarios a la sociedad del espectáculo, de 1988, afirmó: «El espectáculo organiza con destreza la ignorancia de lo que sucede e, inmediatamente después, el olvido de lo que, a pesar de todo, ha llegado a conocerse. Lo más importante es lo oculto.»

Pero la teoría de la escenificación espectacular del marxista francés puede aplicarse a los revolucionarios chilenos: el espectáculo caótico, la teatralización de la violencia ritual, oculta su sentido porque disfraza su dirección. Si hay una finalidad, un futuro esperado, está escondido en la maraña actoral de los violentos.

Pero…

Ni la irracionalidad ni la puesta en escena pueden maquillar razones y metas que aparecen a pesar de todo y que no escapan al que está atento a los hechos. Por caso, no todo se oculta o puede esconder; así, el odio al catolicismo y otros objetos de repudio y desprecio, incluso a la vida misma. No todo carece de sentido, pues el ultraje del bien ajeno sí que lo tiene para quien lo sabe ajeno, sobre todo para él. Además, la violencia no es ambigua: para la víctima ciertamente no lo es (¿por qué a mí?) y el victimario no elige al azar (¿por qué el transporte público que perjudica a los más necesitados, ¿por qué destruir los supermercados de las barriadas más pobres de Santiago?).

No parece posible negar que todo ello se sostiene en determinadas creencias, pues, por más irracional que se crean los acontecimientos, el hombre siempre obra por fines y se dispone por motivos. Si no hay convicciones que convenzan a los revoltosos, ¿por qué obran de ese modo?, ¿por qué no han elegido otro curso de acción? Por caso: si las acciones responden al modelo de la decimonónica Comuna de París y no a revolución pacífica de Gandhi, es porque los fines de los rebeldes excluyen el estúpido pacifismo.

Dicho de otro modo: son las acciones las que desnudan la finalidad de la revuelta.

Una primera aproximación

Pasemos de los síntomas a las causas, habida cuenta que hay un propósito, que los revolucionarios tienen metas y alientan cierta esperanza.

Una primera aproximación general puede hacerse desde la historia. Me refiero concretamente a la experiencia revolucionaria mundial de los ’60 y ’70 del pasado siglo. Los países de Hispanoamérica vivieron algo semejante por entonces. Quienes vivimos en aquellos años o lo hemos estudiado no podemos más que señalar el notable parecido con lo que entonces se conocía como la primera etapa de la lucha armada revolucionaria urbana: el caos, la anarquía, el miedo, la violencia generalizada, selectiva o no, que crea el ambiente propicio al golpe final de la revolución.

Me pregunto: ¿por qué no el parisino Mayo del ’68 y su llamativa propuesta de «la imaginación al poder»? Me responden: no ha habido tal consigna, aunque los revoltosos chilenos se han mostrado imaginativos. Repregunto: ¿será que no quieren el poder, es decir, hacerse de los instrumentos demoliberales del constitucionalismo? ¿Será que lo que quieren es ser poderosos, manifestar públicamente que ellos «son» el poder, un poder despersonalizado y disolvente, como esa soberanía popular derramada por todos lados, sin cauces, siempre activa? Cuestión, por ahora, abierta.

Dudas

Algunos han dicho o creído que es el comunismo que vuelve, que estamos frente a una revuelta de corte revolucionario comunista como las que ya hemos visto. No me conforma la explicación. No niego que los comunistas formen parte del «colectivo» revolucionario; de hecho son una fuerza política en Chile que no puede desconocerse. Pero me parece imposible simplificar las cosas bajo el rótulo del comunismo. Expongo mis dudas.

Para empezar, si dejamos de lado la zona de Arauco y lo que en ella se prepara, en general no parecen terroristas. A diferencia de aquellos pasados tiempos, estos revoltosos que asoman en Santiago, Valparaíso o tan diversas ciudades, no tienen referencias, carecen de norte visible: ya no cuenta Cuba, no hay Rusia y tampoco Internacionales revolucionarias efectivas. No hay un mítico pasado que restaurar ni una sociedad futura por construir. Estas acciones revolucionarias que hemos observado en Chile no responden a un mandato histórico (el famoso «tren de la historia», varias veces descarrilado) o a unos mensajes cósmicos (la tonta evolución de la materia). Es más, no hay ideales. No hay proclamas ideológicas como no lo sea el propio caos o irregularidad.

Es cierto que algunas expresiones y consignas evocan palabras e ideas setentistas, pero no pasan de eso. Por ejemplo, si recorremos el documento de las denominadas Afinidades Armadas en Revuelta2, notaremos que se habla de la burguesía, de los acomodados, de los ricos, pero no se los identifica como una clase. Es más bien una difusa definición del enemigo, sin que haya una preocupación ideológica por precisarlo. Y los revoltosos también rehúyen de una calificación similar para ellos: no pasan de ser los simpatizantes de una revolución que palpitan en común.

¿Quiénes son los rebeldes chilenos? El primer hecho que se puede advertir es el de la «mímesis» de conductas por grupos tan diferentes entre sí como los comunistas, los delincuentes comunes, los narcotraficantes, los descontentos, los jóvenes, los intelectuales radicalizados, las feministas y las de pañuelo verde, los “mapuches” del wallmapu, los homosexuales, los desclasados, los oportunistas etc.

Y lo mismo cabe decir de los jóvenes. En buena parte se sabe que son estudiantes o que dicen serlo. Pero, ¿qué conocen de la revuelta? ¿Fueron arrastrados a ella contra su voluntad? Estos jóvenes de entre 18 y 25 años, ¿son una generación cansada de la vida que recién empiezan a vivir?, ¿están ya hartos del capitalismo y el consumismo? Fuera de los activistas de siempre, pagados para ser profesionales de la revolución, la mayoría de los jóvenes se mimetiza con lo que otros hacen y toman este despelote como una inmensa fiesta. No sé si están convencidos de lo que hacen, pero al parecer han tomado la destrucción como una nueva forma de diversión. Porque al fin de cuentas, lo que los jóvenes quieren es fiesta.

Los revoltosos conforman el amplio arco de los inconformes que dicen no soportar más. Los hay de clases bajas y de clases medias fundidas a las clases altas. La revolución ha sido siempre un hecho burgués.

Incluso han cuidado las palabras para eludir, siempre que se pueda, la de «revolución». Esto no es fruto del azar o la ignorancia. Las Afinidades Armadas en Revuelta usan otro término: «irrupción», que evoca la quiebra del «espacio público» demoliberal ahora ocupado por actores antes privados de representación pública. Es un fenómeno del que llamó la atención Zygmunt Bauman hace años: lo privado invade lo público, sus necesidades ocupan los medios y los espacios. El que no estaba ahora está y es percibido como un «okupa».

Por supuesto que perduran los rencores de antaño: los militares y fuerzas asimilables, los empresarios y sus socios. Pero nada se dice de una «explotación» ni se menciona una lucha de clases. Los revolucionarios no se identifican con los proletarios ni dicen ser la vanguardia que los conduce a la victoria.

Seguimos con las dudas. No hay una explícita militarización del insurgente. No ha habido un plan de acción conjunta, es decir, deliberado, siguiendo pautas doctrinarias preestablecidas (como puede ser comenzar con la revuelta en el mundo rural para luego pasar al urbano o convertir las fuerzas irregulares en regulares, etc.). No hay un manual de la revolución que ilustre sobre medios y fines. En el fondo, no se sabe lo que piden y lo que se conoce no dejan de ser aburridas aspiraciones burguesas, como lo es el cambiar la constitución. Una burla más de los irónicos rebeldes. Aparentemente éstos no tienen una meta más allá del desorden, de la interrupción de una continuidad aparente (como si la democracia liberal capitalista no fuera en sí misma una ruptura).

Los pasajes que trascribo seguidamente, con los que las Afinidades Armadas en Revuelta cierran su documento, condensan bien lo que creen y lo que quieren:

«La revuelta sabotea permanentemente la normalidad, la hace añicos, rompiendo cadenas que parecían eternas, demostrando la vulnerabilidad del Estado y del empresariado capitalista. Pero pensamos que podemos ir por más multiplicando los ataques armados y selectivos contra nuestros enemigos, contra el poder en todas sus formas, siendo parte de este vendaval masivo y generalizado mediante acciones de guerrilla urbana, preparándonos en la práctica para enfrentar la intensificación de la represión. Y es por medio del combate anárquico desde donde aportamos a la propagación de la revuelta, apostando por llevar a límites insospechados la conflictividad, negando en los hechos cualquier acuerdo de paz y constitución que pretenda dirigir nuestras vidas. Y para los estúpidos opinólogos de la guerra social que tildarán esta acción como un montaje sepan que sus opiniones solo refuerzan al Estado al invalidar y desconocer la potencialidad y los alcances de la ofensiva de la nueva guerrilla urbana.

«No soltemos la calle, destruyamos lo que nos oprime, reventemos los barrios de la burguesía.»

Algunos conocedores de los acontecimientos han dicho tener la impresión de estar mirando la actuación de grupos masificados. ¿Siguen la lógica de la horda, se comportan como una manada? Me lo pregunto porque, lo he dicho ya, no parece que obran siempre con un plan predeterminado pero tampoco se puede colegir de sus actos que es puro «espontaneísmo» revolucionario. Entre los ejemplos más repugnantes de esta falsa espontaneidad están ciertas prácticas tribales, como el declamado canibalismo de las feministas pro aborto o los programados ataques la Iglesia Católica.

¿Es un caso de anomia?, ¿de un anomia programada colectiva? Dependerá de qué se entiende por tal: si «anomia» es la carencia de normas de conducta, es cierto que los revolucionarios son anómicos para los estándares morales y legales de la burguesía demoliberal. Pero los revoltosos parecen tener sus propias normas, entre ellas la de irrumpir y generar caos; no serán las mías, pero son las suyas. En cambio, si anomia quiere decir «iniquidad» la cosa cambia y cobra otro vuelo, porque estaríamos hablando de la remoción de aquello que frena a lo desde antiguo llaman “Anticristo”3.

En esta aproximación de teología de la histórica -que evoco solo de pasada-, el sacerdote Luis Escobar ha revelado la presencia del demonio en las revueltas y específicamente en los planteos feministas4. Y esto no es moco de pavo, porque es lo mismo que decir que Chile es el banco de prueba de batallas decisivas de los últimos tiempos. Es otra materia abierta, aunque no tanto, según creo.

El comportamiento de los revoltosos, ¿acaso no tiene los rasgos de un lúdico espectáculo cinematográfico, de un juego vital actuado por inexpertos e irresponsables? Sé que esta impresión se riñe con otras que antes he expresado. Pero no puedo dejar de ver la rebelión que sacude a Chile como una gran risotada burlona, una masiva fiesta destructora; y ambas sin fin, sin término. Es como una fiesta que hemos organizado y cuyos festejos se prolongan casi sin término, siguiendo caminos insospechados, saliéndose de los carriles previstos. Como una bufonada del gran bufón que se convierte en una sanguinaria celebración.

De ser así, entonces estaríamos entrando en una suerte de crepúsculo sin aurora, de un tiempo sólo crepuscular. La revuelta chilena es el elogio colectivo de la descomposición. La única duración permitida será el sarcasmo de la borrachera popular que no tiene vencimiento.

Segunda aproximación

Podemos aproximarnos, también desde la historia, para iluminar lo que ocurre en Chile, ahora en particular. ¿Por qué Chile? Pues, porque estaba jurada la venganza. Porque la izquierda nihilista nunca perdonó la caída de Salvador Allende y, al año de su muerte, en 1974, comenzó a cantar que volverían.

Los que alguna vez oímos los versos de Yo pisaré las calles nuevamente del cubano Pablo Milanés5, no creo que de inmediato lo hayamos asociado más que con una venganza poética y musical. Pero a la luz de lo sucedido y repasando la letra no podemos menos que asombrarnos por sus tintes demoníacamente proféticos.

Conclusión provisoria. Buscando a los padres de la revuelta

No, no es el comunismo el progenitor de lo que acece en Chile, tampoco lo es un marxismo revolucionario redivivo. Esta mentalidad de los revoltosos chilenos tiene padres, lejanos y próximos; quiero decir, es parte de una familia de largo abolengo en la historia.

Por sobre todo otro, es una de las manifestaciones de esa «autoafirmación» que Hans Blumenberg ha dicho es la columna de la Modernidad. Modernidad que se reconoce hija legítima del gnosticismo y que no ha dejado de demonizar al «otro» y de desatar borracheras de violencia. Es esa antigua herejía que cada tanto rebrota la que alumbra la revuelta chilena, y que a lo largo de la historia dio vida a los cátaros, los husitas, los anabaptistas de Thomas Müntzer, los puritanos regicidas, los girondinos y jacobinos, los anarquistas, marxistas y comunistas, la izquierda revolucionaria, todos los voluntarismos de todos los tiempos, etc.

Esta familia en cierto momento se entrecruzó con el vitalismo y otras formas de existencialismo y su celebración de la vida como existencia sin culpas; se fusionó con el presentismo que niega raíces y horizontes, bien ejemplificado en la frase de Friedrich Schiller: «lo que se desecha del minuto no lo restituye ninguna eternidad»; se asoció al culto pagano a Tanatos de un Herbert Marcuse y otros frankfurtianos; y siempre ha marchado junto a los pregoneros (kantianos o de cualquiera otra estirpe) del absoluto derecho a la autodeterminación.

Es aquí en donde entra Jacques Derrida y la ilógica de la «deconstrucción» junto con la borra anárquica del posestructuralismo y su secuela disolvente; por caso, la peregrina idea del caos creativo, celebrada por Félix Guattari en su Caosmosis de 1992 y trasladada a la vida social en La revolución molecular, varias veces reescrita.

Todos estos padres y cada uno de ellos confirman con sus palabras lo que los revolucionarios de Chile afirman en sus acciones: no existe el ser, no hay naturaleza; la realidad es dependiente de lo que hacemos, porque del hacer se sigue el ser, pues «ser» es devenir. Es el triunfo del deseo, de la voluntad; la victoria de las pasiones sobre la razón. Es la exaltación de la autonomía más allá de todo; es la libertad negativa intransigente hasta el paroxismo, que se justifica en sí misma y no tiene otro fin que ella misma, como ha denunciado Danilo Castellano.

La revuelta nihilista y gnóstica chilena es el anuncio de que son la ilusión o el deseo los que mandan, y no la realidad. Cuando la ilusión se mimetiza, la «moda» irresponsable acaba sustituyendo a la «historia». La moda es la «aventura» de la insurrección; quebrar la regularidad, «estar en donde no se estaba» y celebrar su ruina. Ahí están los nuevos revolucionarios: festejando en la Plaza Baquedano hecha añicos. ¿Será esta la anunciada violencia de la poshistoria?


Juan Fernando Segovia

Investigador del Conicet (Argentina)
Doctor en Derecho y Doctor en Historia


  • 1. Este estudio fue escrito en la primera quincena de marzo de 2020, previo a las medidas restrictivas de la pandemia. A partir de la instalación de la convención constituyente el 4 de julio de 2021 y aflojadas dichas medidas, vuelve a cobrar vigencia el cuadro descrito en estas líneas y su valor de pronóstico.

  • 2. Documento del grupo Afinidades Armadas en Revuelta, recibido el 27 de febrero de 2020 y publicado al día siguiente en https://es-contrainfo.espiv.net/2020/02/28/comuna-vitacura-chile-colocacion-de-dos-artefactos-explosivos/

  • 3. A juicio de Francisco Canals Vidal, Mundo histórico y Reino de Dios, Barcelona, Scire, 2005, págs. 117 y ss., la generalización de la anomia implica la remoción del katechon paulino. «Estamos asistiendo al proceso de desaparición de todo principio unitario en el mundo […] Esta aniquilación del principio de Autoridad, esta anomia, prepararía el enfrentamiento del hombre a Dios.»

  • 5.

Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentada,
y en una hermosa plaza liberada
me detendré a llorar por los ausentes.

Yo vendré del desierto calcinante
y saldré de los bosques y los lagos,
y evocaré en un cerro de Santiago
a mis hermanos que murieron antes.

Yo unido al que hizo mucho y poco
al que quiere la patria liberada
dispararé las primeras balas
más temprano que tarde, sin reposo.

Retornarán los libros,

las canciones que quemaron las manos asesinas.
Renacerá mi pueblo de su ruina
y pagarán su culpa los traidores.

Un niño jugará en una alameda
y cantará con sus amigos nuevos,
y ese canto será el canto del suelo
a una vida segada en La Moneda.

Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentada,
y en una hermosa plaza liberada
me detendré a llorar por los ausentes.

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