“Artes y Letras” y el compromiso político.

“Artes y Letras” y el compromiso político.

En los tiempos en que no existía Internet, era habitual encontrar conocidos que seleccionaban artículos de “Artes y Letras” de “El Mercurio”, los recortaban milimétricamente y los guardaban como objetos de colección. Dentro de un número considerable de recortes, se encontraban verdaderas joyas.

Recuerdo que años después de su publicación, alguien me facilitó una entrevista de “Artes y Letras” a Régine Pernoud, la célebre medievalista francesa. Fue la primera vez que tuve contacto, de verdad, con la cultura y el imaginario medieval. La autora de “La Femme au temps des cathédrales” desinflaba en pocas palabras y con su encanto característico el cúmulo de mentiras o exageraciones que la Ilustración (para qué hablar de Hollywood) había tejido en torno a esa época de damas y cruzados.

Claro. Había para todos los gustos. Como sección miscelánea, “Artes y Letras” se llevaba bien con las más diversas tendencias. Aunque mirada l as cosas retrospectivamente, habría que agregar un “más o menos” a eso de llevarse bien, porque siempre mantenía ese estilo “mercurial” de todos conocido, ponderado, que sopesa lo mucho y lo poco, y que desconfía de toda postura extrema. De todos modos, esta sección de “El Mercurio” era imperdible los domingos. Semana a semana, se agradecían sus contenidos.

Es cierto, que el buen nivel de “Artes y Letras” nunca pretendió compararse con la crítica artística, el análisis literario o el debate de ideas que hasta los días de hoy realizan las secciones especializadas de la prensa francesa, anglosajona, española o italiana. Estamos en el extremo del mundo, y quién, por ejemplo, quiere enterarse de lo último en materia editorial (que no es necesariamente lo que está de “moda”) tiene que mirar hacia afuera.

Dicen que todo tiempo pasado fue mejor. A veces sí. Otras veces no. Pero en los últimos años me parece indiscutible que “Artes y Letras” no es lo que era antes. En ocasiones, se parece más a un abanico de noticias sobre lo que muy genéricamente se llama “cultura” (a costa, eso sí, de estirar el concepto como un chicle) que un reflejo expresivo de la cultura (ya sin asteriscos) de nuestra patria. Por ejemplo, no hay caso de que nos enteremos en qué va la producción editorial en Chile, particularmente la especializada.

Sé que el tema es complicado. Y que es muy fácil criticar al intérprete cuando uno no toca la guitarra. Pero el problema no es solo una cierta carencia (harto comprensible en estos tiempos) en torno a la interpretación o expresión de las artes y las letras.

El problema es que echamos de menos el antiguo “Artes y Letras” porque ha ido abandonando paulatinamente el estilo “mercurial”. No sé si los lectores de “El Mercurio” lo han notado. Porque no deja de ser una paradoja, al menos yo lo noto, que “El Mercurio” deje de ser “El Mercurio”, y se abandone al compromiso político de notas extremas.

Simone de Beauvoir decía que “lo personal es político”, porque no podía quedar deshabitado ningún espacio de la vida humana sin ser dominado por eso que llaman “emancipación”. Particularmente la mujer, la familia y el lenguaje de lo natural habían de ser trastornados -hasta su desaparecimiento- por las fuerzas del desalojo.

¿Qué tiene que ver esto con “El Mercurio”? Mucho, a juzgar por la edición de “Artes y Letras” del domingo 27 de junio. Una edición curiosa. A primera vista, un espacio sin marcos definidos, donde puede aparecer Shostakóvich al lado de la platería mapuche en Berlín. O D´Annunzio en compañía de Stephen King, dentro de un mismo reportaje.

En primera página, esta llamada:

Fijemos nuestra atención en el título. “El feminismo no premeditado de María Luisa Bombal”. Yo me pregunto: Si no es meditado, si ni siquiera es premeditado, ¿cómo va a ser feminismo? ¿Como se puede ser feminista sin serlo?

No hablamos, por cierto, de un eventual feminismo intuitivo, que se caracterice, por ejemplo, por el derecho a sufragio, o que la mujer no sea considerada como objeto. Hablamos del feminismo ideológico, posmarxista, ese que detesta lo femenino, porque piensa que “mujer” es un artificio socialmente construido, definido por el macho opresor. Hablamos del feminismo que trata al matrimonio, al compromiso, a la maternidad o al enamoramiento, como lo más parecido al cuco.

Eso no es información, sino propaganda. En realidad no se trata de María Luisa Bombal, sino de difundir el esquema subversivo del feminismo “de tercera ola” y congéneres. Tomando como pretexto a nuestra escritora de “La última niebla”.

¿Quien atribuye la narrativa feminista extrema a María Luisa Bombal? La entrevistada, que se reconoce como feminista (era que no), y, por la manera de marcar los titulares, también el entrevistador. Como en nuestro país la gente suele enojarse si uno es directo y cuestiona algo, me ahorro los nombres.

En esta compenetración de intenciones el ejercicio resulta, al final, bastante divertido. Es como estar condenado a trabajar con segundas fuentes. “Lo que dijo que dijeron”. Al lector lo que le interesa es la obra de María Bombal, no “lo que dice que dijo” la entrevistada, a propósito de su prólogo publicado por Seix Barral. Después de infinitas pompas de jabón en pro de su causa, la prologuista viene a deshacerlas pues reconoce que en un “a nivel consciente María Luisa no tenía nada que ver con el feminismo”. O como titula el entrevistador “Feminista a pesar de ella”. Es lo más parecido a que nos tomen el pelo.

Una digresión: esta actitud de entrevistador y entrevistada más parece una actitud “paternalista” en el peor sentido de la palabra: aquel que impone cómo debemos leer a Bombal, “a pesar de ella misma”.

Por favor, que no se me entienda mal. No estoy diciendo que los prólogos no haya que leerlos, aunque -bendito sea- existe esa libertad del lector de saltárselos cuando no vienen al caso, cuando son indigestos, cuando no dicen nada, o cuando “reinterpretan” al autor según como se venga en gana. Que el papel lo aguanta todo. También recuerdo un prólogo a “El Hombre” de Ernest Hello en que el prologuista la emprendía contra el prologado. Esos tampoco hay que leerlos.

Hay, en cambio, otros prólogos, prefacios, reseñas, notas o “comentarios” (ampliando el género), que son inmortales. El prefacio de Oscar Wilde a “El Retrato de Dorian Gray”. El comentario a la “Etica a Nicómaco” de Santo Tomás de Aquino. Las notas de Michel Foucault sobre “Qué es la Ilustración” de Kant. La reseña de Leo Strauss a “El Concepto De Lo Político” de Carl Schmitt.

Pero esta vez “Artes y Letras” se pasó de la raya. No respeta siquiera el estilo “mercurial”. Le queda el desnudo compromiso político. Y de notas extremas. No sé por qué ni a cuenta de qué. Ya no es el de antes.

Vanessa Cisterna Rojas

Profesora universitaria
Doctora en lenguaje y comunicación
Universidad Autónoma de Madrid

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